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Besando entre notas.

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La oscuridad se comió el día. Luz en penumbra entre cuatro paredes.
Caruso, en la voz de Pavarotti, escucharlo y sentirlo; beso.
Siempre que escucho Caruso, idealizo el beso. Notas suaves que crecen en esa voz nacida para hacer sentir, igual que un beso naciendo de un sentimiento. Notas enlazadas que electrizan la piel, como otra boca enganchada a la tuya y acariciando para sentir ese frío, que termina siendo calor en la piel.
Sus notas suaves empiezan antes de escucharse la voz, igual a ese instante previo en el que dos miradas saben que nacerá un beso. La inconfundible sensación propagada a las manos y materializada en las caricias que nace del deseo.
Las pausas de la voz siempre me recuerdan esos momentos en los que dos cuerpos por fin se encuentran, y dejándose llevar por lo que ambos pueden dar, se inundan las miradas para sentir y compartir algo que no es comparable a nada que sea capaz de imaginar.

La sensación de sus notas resbala por mi espalda y juraría que incluso consiguen enamorar la penumbra que antes parecía sin vida. Ese casi gemido en la voz después de su ragazza, como un beso que descansa cuando falta el aire y sobra el tiempo para darlo, regalarlo, sentirlo y guardarlo, para que se lleven un poquito más de ti. Y al final cuando ya no se escuchan las notas, se queda el ambiente naufragando entre la realidad y el mañana del recuerdo para volver a escuchar, sentir, igual que un beso, sembrado en la mirada y nacido entre dos bocas. Beso, intensa sensación, como su voz, como una furtiva lágrima.



 

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