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Candados en el viento (II)

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Candados en el viento (II)

 

El primer domingo junto a su sonrisa, estaba la luna escondida al calor del sol.

Se asomaban mis ilusiones al balcón. Flotaba en el aire una música enredada de primavera, mis manos bailaban al compás de mi corazón. Abajo en la acera apareció su camisa blanca junto a sus ojos y su sonrisa, y entre brillos de mañana me dijeron: Baja. Ven.

Empezaron a pasar en un no pasar, los minutos que entre los dos se tejían con miradas furtivas.

Quería esconderse el sol, mientras las manos buscaban el roce de otra piel. Kilómetros recorridos, en un intento de alejarse de censuras de mayores que vivían olvidando sus primeras emociones. Los kilómetros sacudían la prisa por llegar a un rincón, que en una soledad compartida de miradas y caricias, dejaran su huella en la impaciencia de la memoria.

Mi cuerpo de niña decía no. El miedo se quedaba atrapado entre el deseo, y sus manos eran una brisa que empezaba a atarse a un recuerdo inolvidable que ya nacía.

Aquel verano con un calor que apenas recuerdo, se dejaba atrapar entre besos escondidos y caricias calladas.

Nuestro primer rincón se hallaba al final de una escalera de caracol. Una amplia ventana regalaba a mis ojos un paisaje que aún perdura en mis sueños.

Sus labios en mi espalda, el paisaje se volvía un espejismo, se encontraron nuestros labios. El primer beso tan intenso, tan desconocido, tan deseado; el miedo dijo no.

Se quedó el deseo atado en sus ojos, volvió la nitidez del paisaje mostrando su fuerza ante la mirada pérdida de un adiós, que comenzaba a quedarse enredado en la escalera de caracol.

Una tarde adiviné en sus ojos el adiós. Sus palabras fluyeron moldeándose a otro cuerpo que sin miedo ocupó su deseo.

Sus lágrimas hablaban de todo lo que no me pudo dar, su mirada decía: no te olvidaré, te esperaré, pero mientras tanto necesito vivir.

La soledad me acompañó en un atardecer en el que me eran ajenos los sonidos. Andaba su adiós a mi lado.

El tacto de su pelo, su sonrisa en la mirada, sus manos impacientes, las mieles de su boca, todo se quedó descansando en el horizonte intermitente; en nuestro horizonte.

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